El cielo estaba sucio. Sucio como el suelo sobre el que mis botas salpicaban. Sucio como la gente y como mi mente.
Siempre me han gustado los días lluviosos; la lluvia lo limpia todo.
Pero, aquel día, las nubes no iban a cumplir mis plegarias. Sería un día más de esos que no tienen nada digno de mención y, lo peor, yo debía aceptarlo.
Se me escapa una sonrisa al instante, ¡como si mis días fueran divertidos y llenos de aventuras!
De hecho, lo más interesante que me había pasado últimamente fue cuando Fabi, el hijo de mi vecina de arriba, vino a timbrarme porque a su madre se le había caído una toalla sobre mi tendedero.
Carpe diem, dicen... Y yo digo que me lo tomo al pie de la letra.
En cierto modo echo de menos mi vida de adolescente marginal; la universidad no es lo que yo me imaginaba y tiende a ser más depresiva que gratificante.
Entro en mi facultad y respiro relajada, primer día que no llego tarde.
Subo las escaleras que conducen al aula 2 y, como todos los días, medio milloncito de adolescentes en estado de resaca se arremolinan por los pasillos.
Olvidaba que hoy es viernes. Lo que implica que ayer fue jueves. Los universitarios normales salen los jueves. Yo... Bueno, yo soy más anteponer el cultivo de mi mente -a base de películas, series y demás-, antes que dedicarme a asesinar brutalmente a mis neuronas con cubatas.
Los del grupo A salen del aula y al fin entro y suelto mi querida y adorada mochila de diecisiete toneladas.
El de mates llega tarde, como siempre. Cosa que no me disgusta; estaba destinado a caerme mal de todas formas solo por la asignatura que impartía.
Veinte minutos tarde, el tipo llega, medio asfixiado por la maratón que acaba de correr y empieza a integrar al instante.
Dichosos profesores de matemáticas...
La mañana transcurre tan monótona como siempre con el usual sonido del tono de notificación del teléfono de más de uno.
La tortura cerebral termina un par de horas después y lo único en lo que pienso es en dormir. Morfeo, desde luego, no se porta bien conmigo y me invoca a deshora.
Llego a mi portal y rebusco las llaves con una impresionante cara de zombie anémica. Súbitamente, la chirriante puerta se abre y un chico haciéndole competencia a mis ojeras, sale disparado obligándome a contorsionarme para evitar que la puerta se cierre.
La gente está loca. Demasiado loca.
Una vez en el ascensor mis llaves hacen acto de presencia clavándose malévolamente en mi pierna, agazapadas en el bolsillo de mi pantalón.
Casi sin darme cuenta, acabo tirada en la cama, rodeada del mayor desorden de mi vida y, lo más gracioso de todo, me quedo dormida como un oso pardo en plena hibernación.
Corey Taylor sonando por mi móvil me despierta a las siete. Con un aumento considerable de mi porcentaje psicológico de zombie, encuentro el endiablado aparato, oculto en la esquina más remota de la mesilla de noche.
—¿S-sí?
—¿Ya estás dormida otra vez? Eres un desastre.
—Mamá, ayer me quedé hasta tarde estudiando. Estoy cansada.
—¿Estudiando un jueves? ¿Te crees que me chupo el dedo?—. Las risas al otro lado del teléfono me parecen insultantes.
—Bueno, piensa lo que quieras. ¿Llamabas por algún motivo en especial o solo para comprobar lo vaga que soy?
—Qué amargada estás, de verdad...
—Solo estoy cansada, repito.
—Bueno, pues descansa. Estás ahí para estudiar, ¿recuerdas?
—Eh... Sí. Ahora tengo que bajar a comprar comida antes de que cierren las tiendas. Hablamos.
—Llámame alguna vez.
—Claro, mamá. Te quiero.
Lo de bajar al súper no es mentira, al menos.
Estoy empezando a odiar la relación que mantengo con mi madre; bueno, mejor dicho, detesto el carácter posesivo de mi madre.
Estudiar lejos de casa es todo un oasis de paz y tranquilidad.
El único problema era que recoger, limpiar, cocinar y todas esas cosas que evitan que una casa se transforme en una pocilga, me quitaban tiempo vital.
Y a eso iba, a malgastar mi tiempo vital.
Me enfundo las botas y cojo la cartera. Me muero de hambre.
El supermercado está invadido por mis congéneres universitarios, es bastante decadente.
Cojo un paquete de pasta y unos cuantos tomates.
Mi predicción meteorológica se va al garete en el preciso instante en el que estoy a punto de entrar a casa.
Se me escapa una sonrisa. Relámpagos.
Dejo las bolsas en la entrada y cojo una chaqueta, bajando atropelladamente por las escaleras con cara de niña pequeña en Navidad.
Acto seguido me caigo de bruces al suelo.
Me levanto riéndome y salgo a la calle, dirigiéndome al parque más cercano.
Voy sorteando charcos hasta que la acera se convierte en barro y los semáforos en árboles.
Escuchar cómo llueve de noche, cuando el ruido de la carretera es casi imperceptible, puede llegar a ser más hipnotizante que cualquier canción de Ludovico Einaudi, francamente.
Me meto entre los árboles, con la cara empapada.
Era de esa clase de lluvia con gotas gruesas que hacían sonidos dispares al caer al suelo.
Era de esa clase de lluvia que te limpiaba el alma.
Era mi clase de lluvia.
Lo siguiente que hago es sentarme en el respaldo de un banco, mientras los truenos explotaban detrás de mi cabeza.
Parecían disparos.
Balazos lanzados por el cielo, gritos de los dioses.
Una tormenta puede llegar a ser tremendamente morbosa.
Echo la cabeza hacia atrás, exponiendo mi cara al agua. Las agujas del reloj avanzan y yo sigo en la misma postura.
Es la primera vez que puedo permitirme un poco de relajación desde la última precipitación -ayer-.
Vuelvo a reírme.
Y, cuando levanto la cabeza, le veo.
La capucha proyectaba sombras sobre su cara haciéndola parecer un agujero negro.
Tenía las manos llenas de sangre.
Ningún comentario:
Publicar un comentario